México negocia con capos… ¿o con la DEA?

HORUS, La Columna

27 de febrero.- Dicen que en la política no hay casualidades, y si alguien lo duda, que le eche un vistazo a lo que pasó en las últimas 48 horas entre México y Estados Unidos. Primero, Donald Trump, fiel a su estilo de bulldozer, arremete contra la presidenta Claudia Sheinbaum acusándola de estar «íntimamente relacionada» con los cárteles de la droga. Luego, entre amenazas de aranceles de hasta el 50% a las exportaciones mexicanas y acusaciones de complacencia con el narcotráfico, el gobierno de México decide mover ficha con una de las jugadas más extrañas y convenientes de los últimos años.

En un acto que más bien parece un desesperado intento de apaciguar a la Casa Blanca, Sheinbaum exige la extradición de Ismael «El Mayo» Zambada, quien —según cuentan los que saben— fue traicionado y entregado a las autoridades estadounidenses por los propios hijos y sobrinos de Joaquín «El Chapo» Guzmán. ¿Coincidencia? Difícil de creer. Lo que sí es seguro es que la movida desató una guerra en Sinaloa, donde los grupos criminales están más inquietos que nunca.

El fiscal general de la República, Alejandro Gertz Manero, salió en la mañanera para anunciar con gran dramatismo que México estaba exigiendo el regreso de «El Mayo», argumentando que había sido «raptado» por las autoridades norteamericanas. Pero más que una preocupación legítima por la soberanía, esto suena a un intento desesperado por evitar que el capo suelte la sopa. Porque si lo hace, podría revelar lo que todos sabemos pero nadie se atreve a admitir: los altísimos niveles de complicidad entre el crimen organizado y las autoridades mexicanas.

El trueque de los narcos

¿Y cómo respondió México ante la presión de Estados Unidos? Como si estuviéramos en un capítulo de “Narcos: México”, el gobierno hizo un intercambio de prisioneros. A falta de rehenes de guerra, se optó por lo que más le interesa a Washington: Rafael Caro Quintero.

Así, en una de las extradiciones masivas más grandes de los últimos tiempos, el gobierno mexicano entregó a 29 capos al gobierno estadounidense, incluyendo a Caro Quintero, alias «El Narco de Narcos», y a los temibles hermanos Treviño Morales, fundadores del sanguinario cártel de Los Zetas. ¿Y el mensaje? Clarísimo: México no quiere problemas con Trump ni con la DEA, así que aquí tienen a sus narcos, solo dejen de amenazar con los aranceles.

Pero lo mejor de todo vino después. Como para confirmar que el “negocio” estaba cerrado, una delegación mexicana viajó de inmediato a Washington para reunirse con el secretario de Estado de EE.UU. Allí, entre apretones de manos y declaraciones cuidadosamente redactadas, se dijo que todo se había hecho “conforme a la ley”, que se habían logrado “avances significativos” y que la cooperación bilateral seguiría “bajo los principios de respeto y confianza”.

La realidad detrás del show

La verdad es que este episodio huele más a un pacto de conveniencia que a una estrategia seria de combate al crimen. A la Casa Blanca le urgía mostrar un golpe contra el narcotráfico y Sheinbaum necesitaba calmar las aguas con Trump, quien ya la tenía en la mira. ¿Qué mejor manera de lograrlo que con una extradición masiva y una reunión diplomática para validar el teatro?

Mientras tanto, en México, los verdaderos jefes del narco siguen operando con normalidad. «El Mayo» ya no está, pero el tráfico de drogas no se ha detenido ni un solo minuto. El fentanilo sigue cruzando la frontera y las armas estadounidenses siguen llegando a los cárteles. Porque, al final del día, las extradiciones son solo espectáculo. El verdadero negocio sigue intacto.


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